¿Cómo la EM les enseñó a mis hijos a ser fuertes?

Ser madre y vivir con una enfermedad es de todo menos fácil, pero no es imposible como solía pensar. Después de que me diagnosticaran esclerosis múltiple, hubo un episodio que me marcó. Un episodio que sucedió de forma tan natural y repentina que me encontró con la guardia baja. Todo estaba saliendo según lo planificado hasta que un día tuve un brote repentino de los síntomas de EM y apenas podía moverme mientras estaba sola con mis hijos en casa. Lo que sucedió ese día cambió la forma en que veía mi vida y mi propia habilidad de enfrentar las dificultades futuras.

Recuerdo que dije que no me sentía bien, que estaba perdiendo fuerza y movimiento, y que estaba aterrada. Para mi sorpresa, mi hijo, que tenía apenas 14 años, se encargó de la situación. Lo primero que hizo fue decirme que estaba teniendo una recaída, que ya me había sucedido antes, y que tenía que mantener la calma.

Lo siguiente sucedió en una nebulosa. Mi hijo llamó al médico para explicarle lo que estaba sucediendo y siguió las instrucciones que le dio. Me tenían que internar, por eso llamó al hospital, empacó mis cosas, buscó los documentos necesarios y de alguna forma también se las arregló para buscar una manera de calmarme.

Encontró a alguien que se quedara con sus hermanos más pequeños, llamó un taxi y me bajó en brazos por la escalera. Cuando llegamos al hospital, comenzó a contar la situación, las indicaciones que había recibido del médico y comencé a recibir tratamiento. Nunca se fue de mi lado, siempre seguro, dándome fuerza para continuar luchando.

A medida que fui mejorando, vi más fortaleza en él de la que alguna vez me hubiese imaginado. Como madres tendemos a pensar que nuestros hijos son frágiles, que no pueden resolver problemas si no es con nuestra ayuda. Pero, como madres, también aprendemos lecciones con nuestros hijos, y con este episodio, aprendí una gran lección. Ese sentimiento de culpa por tener que recibir ayuda de un hijo, por no poder hacer todo lo que las madres de sus compañeros de escuela hacen. La culpa como esta es algo que elegimos llevar sobre nuestros hombros, algo que creamos en nuestra imaginación, perfectamente desechable.

Debemos comprender que no engendramos hijos para nosotros, sino para el mundo, para una vida de desafíos que les ayudarán a crecer. Y si este crecimiento tiene que llegar antes, tenemos que alentarlos a avanzar. Tenía miedo de que la responsabilidad que tenía mi hijo de cuidarme lo hiciera crecer demasiado rápido, pero ahora me doy cuenta de que continuaré aprendiendo de mis hijos, como ellos aprenden de mí.

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